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En la puerta del odio se quema el pan

El-nueve-de-abril (de 1948) como si hubiera sido un tajo de samurái, partió de cuajo la historia colombiana en el siglo XX en un antes y un después.

Atrás quedaron: Las matazones a machete como la famosa batalla de Palonegro, etc. La execrable guerra de los mil días llamada de los “ancianos tercos”, los conservadores Marroquín- Sanclemente, y el liberal Vargas Santos. La amputación de Panamá por los EEUU. El Quinquenio dictatorial de Rafael Reyes. Las venganzas, persecuciones y expropiaciones gubernamentales violentas y de los generales-gamonales conservadores contra las bases liberales.

El reforzamiento de la influencia y dominio clerical y del Estado Vaticano en Colombia a través del “gran elector conservador”, el arzobispo Herrera Restrepo. Los sucesivos gobiernos conservadores apoyados por jefes liberales.  La prosperidad al debe de los millones de dólares de la indemnización por Panamá, los empréstito e inversiones extranjeras, y la bonanza cafetera. La llegada a Colombia de los ejemplos de las revoluciones sociales de Méjico y Rusia.  La agitación social y popular con sus huelgas de artesanos en ciudades y de trabajadores en los enclaves estadounidenses petrolero y bananero, en las Haciendas cafeteras, en los ferrocarriles, puertos de exportación cafetera y, cargueros y bogas del rio Magdalena. El surgimiento de los primeros partidos socialistas, comunistas y revolucionarios, pero también, la adaptación del partido conservador a las doctrinas anticomunistas del Vaticano de la primera posguerra mundial, y a la organización fascista italiana y nacional-católica española.

El asenso presidencial del abogado de las compañías estadounidenses Abadía, y consolidación de “la rosca” conservadora clerical Abadía-Rengifo-Cortés Vargas-arzobispo Herrera. Las aleccionadoras masacres en los enclaves estadounidenses bananero y petrolero. Las repercusiones del colapso financiero mundial. La muerte del arzobispo Herrera Restrepo y su remplazo por el indeciso Perdomo o “monseñor perdimos”, con la consecuente división del partido conservador y el ascenso a la presidencia del liberal reformista, el boyacense Olaya Herrera, embajador colombiano en EEUU y aliado del banco cafetero de la casa López. El inicio de la revancha liberal violenta contra los nuevos ricos y gamonales conservadores, y la tenaz resistencia de los curas y obispos aliados a estos con el inicio de la larga y difusa violencia entre liberales y conservadores. El ascenso del reformista López Pumarejo y, el respectivo aumento de la resistencia conservadora-clerical a sus “reformas y adecuaciones” al capitalismo-latifundista salvaje que se imponía en el país. La conciliación de Eduardo Santos con estos, los dueños del país.  El ascenso vertiginoso del líder liberal Jorge Eliecer Gaitán dentro de las bases populares marginadas e inmisericordemente explotadas. El Aumento de la violencia entre liberales y conservadores en campos cafeteros, Haciendas latifundistas, y en las sórdidas y crecientes aglomeraciones y tugurios de refugiados campesinos en las ciudades mayores. La división del partido Liberal.

El fin de la segunda guerra mundial y generalización de la guerra fría anticomunista en el mundo adoptada como política exterior de los EEUU. La profundización de la división dentro del partido liberal. La renuncia a la presidencia de López Pumarejo y la conciliación de su remplazante, el anticomunista pro estadounidense Lleras Camargo. El regreso del partido conservador al gobierno con la versión más agresiva del ya bien elaborado y asimilado nacional- catolicismo gremial colombiano, con la subsecuente generalización de la represión estatal a las amplias bases gaitanistas que llevaron al estallido social del nueve-de-abril-de-1948, día en que un complot de los servicios secretos estadounidenses con el gobierno conservador anticomunista decidieron quitarle la vida, con el fin de proteger la conferencia panamericana fundadora de la OEA que se celebraba en Bogotá.

El después; es un poco más conocido mediante dos procesos que a pesar de los intentos de los dominantes por ocultarlos o deformarlos (por ejemplo, eliminando los cursos académicos de historia patria) dado su tamaño social, no han podido ser tapados del todo: UNO. La llamada Violencia bipartidista o guerra civil 1948- 1957 pacto de Sitges y Frente Nacional. Y DOS. El llamado conflicto “interno” de Colombia y surgimiento y captura del Estado por el Bloque de Poder Contrainsurgente (BPCi) dominante.

El-nueve-de-abril-de-1948-en-Colombia, es uno de esos acontecimientos históricos insepultable e inolvidable, no solo por la cantidad de “litros de sangre” (Pardo Rueda) vertida aquel día y con posterioridad, sino también por la tanta tinta con la que se ha impreso su recuerdo para la Historia clandestina.

De lo leído, me permito resaltar cuatro obras fundamentales:

  1. Mataron a Gaitán, de Herbert Braun.
  2. El Bogotazo. Memorias del Olvido, de Arturo Alape.
  3. Grandes potencias, el 9 de abril y la violencia, de Gonzalo Sánchez G
  4. El día del odio. Novela sobre el 9 de abril, de J.A Osorio Lizarazo.

Los tres primeros son obras objetivas y académicas. La del odio de Osorio Lizarazo, es una ficción abrumadora e impactante de los días previos al estallido popular de aquel día, reflejada por uno de los más polémicos escritores cercanos a JE Gaitán, quien vivió de cerca la miseria, la sordidez y la bestial realidad social del régimen conservador dominante que describe y llevó a la devastadora explosión de ira, resentimiento y odio social conocida como “el Bogotazo”. Una obra a la que se le pueden hacer muchas reseñas y críticas como las que se le han hecho, pero que estará siempre AHÍ; señalando con el dedo acusador, no las consecuencias y secuencias explicativas racionales del hecho objetivo, sino los antecedentes emocionales y pasionales cercanos; el origen, la bestialización y pudrición individual y colectiva, que generaron una tal conmoción en nuestra sociedad. Simplemente a Osorio Lizarazo hay que leerlo sin repulsión, sin asco. Sin darle importancia a la “feura” del repugnante submundo urbano de miseria social con su jerga bogotana que intencionalmente nos muestra.

Así, talvez (lo que es muy improbable) los dominantes en Colombia puedan lograr diferenciar el significado de estas dos palabras castellanas que han vuelto a impregnar y a dominar el ambiente político colombiano:

 El odio como emoción individual primaria de aversión a algo o a alguien, contrario dialectico del sentimiento de amor. Recordemos el Eros y el Tánatos de Freud.

Y la hostilidad, derivada del latín “hostilis”, que según el diccionario de la lengua castellana tiene una construcción social posterior y significa “contrario o enemigo”, y casi siempre se asocia con el concepto sociohistórico de guerra.

Por Alberto Pinzón Sánchez
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