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¡La inconsulta liberal!

Se ha dejado el polvo de la basura y la barbacha debajo de la alfombra en Casa del Partido Liberal en la Avenida Caracas de Bogotá, donde por quinta vez el dueño de las llaves es el pereirano Gaviria (tres veces en cuerpo propio y dos en ajeno, mediante Simón y Pardito, sus hijos bobos), ese mismo hombrecillo que se formó como viceministro de desarrollo de Turbay Ayala bajo la máxima “la corrupción en sus justas proporciones”, es reconocido por ser el promotor del neoliberalismo, no obstante estar proscrito el “capitalismo salvaje” en la plataforma ideológica que confeccionamos en la constituyente liberal hace diecisiete años.

Cuando terminó como Secretario de la OEA, fue recibido por Samper y Serpa en un sonado desayuno en donde se le entregaron las riendas del liberalismo (a pesar de su heredada enemistad con Ernesto encunada en la casa Galán), a cambio de la visa gringa para Samper y el apoyo a la candidatura presidencial del bigote santandereano. Para reafirmar su traidora vocación, no hizo ni lo uno ni lo otro, lo primero porque no dependía de él; lo segundo porque gestó la peor derrota de Serpa en una absurda campaña diseñada por el publicista inglés de Tony Blair, en la que se le cambió el vibrato y se le publicitó en los afiches en una irreconocible silueta, es decir, mediante la invisibilización del tres veces candidato, además de la soterrada instrucción de votar por Carlos Gaviria bajo el pretexto de ser un liberal de izquierda.

Su llegada a la Dirección del Partido, aprovechando el descrédito de la nueva estructura participativa diseñada en la Constituyente Liberal del dos mil, generada entre otras por el turismo parlamentario de las secretarios de participación, especialmente los de organizaciones sociales y agrarias (en las que con perpetua re-elección se atornillaron Pulido y Arias), Gaviria evidenció el firme deseo de sacar avante una contra-reforma estatutaria, por intermedio de Pardo y Marulanda, con el fin de retornar al centralismo y acabar con el sueño de federalización y autonomía de las regiones liberales, fallando en su primer intento en el tercer congreso nacional de Medellín, pero lográndolo después de la reforma política impuesta por el Congreso de la República en el dos mil once, por intermedio de Pardo el lánguido y de Simón el bobito, mediante un espurio procedimiento en concurso con el Consejo Nacional Electoral, declarado como violador de la Moralidad Administrativa por el Consejo de Estado en el histórico fallo del dos mil quince.

Aprovechando también la manzanilla mutación del serposamperismo al serpogavirismo, Cesar logró por intermedio de Horacio burlar el cumplimiento del fallo (quien ya había adulterado los estatutos después de la concurrida consulta liberal del dos mil dos), condicionando su sucesión de mando bajo jefatura única y plenipotenciaria para manejar a su amaño la confesión del presupuesto, la designación de dignatarios y las condiciones de alianzas y mangualas, para tratar de imponer al caldense De la Calle (aparentemente), quien fuera su ministro y el de Pastranita, y a quien Serpa había señalada de “no ser ni chicha ni limonada” durante el tiempo que tornó farragosa su vicepresidencia en el gobierno de Samper.

Días antes de la última convención liberal de este año, De la Calle había declarado a la prensa que era liberal pero no un hombre de partido, el cual había abandonado cuando renunció a la vicepresidencia, sin embargo, después en el manido evento del liberalismo juró que nunca había abandonado la militancia. Posteriormente confesó a la opinión pública que no es un hombre de izquierda sino de “centro”, el que Jaime Angulo Bossa define en forma documentada como una “derecha moderada”. Finalmente se quiso despintar de las Farc, aunque convocó a algunos sectores de la izquierda democrática a apoyarle en la consulta liberal. Es claro que Humberto es un hombre de derecha, sería ilógico poner a un auténtico liberal a negociar con los farianos, una expresión armada de sectores de la izquierda radical en cierta forma emparentada con las guerrillas liberales de Guadalupe Salcedo que funcionaron durante un lustro después del asesinato de Gaitán. Lo corrobora la designación de Juan Camilo Restrepo como negociador oficial con lo helenos. Es razonable equiparar las cargas en una mesa de negociación sentando a voceros de los dos extremos. De la Calle es además neoliberal como su mentor Gaviria, ello es inocultable, aunque se haya granjeado una cariñosa opinión pública en la franja de opinión por ser uno de los instrumentos para cristalizar los acuerdos de La Habana y el teatro Colón.

Todos aquellos que han escrito en sus columnas sobre la inconsulta liberal de noviembre, han señalado con lujo de detalles los detalles del rotundo fracaso electoral: el enorme desfalco al erario, su exclusionista tinte, no solo por sacar a empellones a los demás precandidatos (a la antioqueña Gaviria, a la Morales y al joven Galán), como también por excluir el voto en blanco. Con ello se demuestra que Cesar Gaviria no es liberal sino un agente del capitalismo salvaje interesado en dar sepultura de tercera a la colectividad roja, incluso hay quienes piensan con bastantes motivos, que le está copiando el mensaje The Economist, el londinense periódico que anunció el triunfo de Vargas Lleras, una sutil orden del casi secreto Club de Bilderberg que se fusiona con las instrucciones del Consenso de Washington, del cual el pereirano es un fiel lacayo. En tanto, crece la inconformidad de la militancia liberal que en esta coyuntura busca reorganizarse desempolvando propuestas organizativas para convocar a la desobediencia en una propuesta alternativa intentando una vez más la regeneración moral del liberalismo que tanta falta le hace al país, pues en nombre de su ideario se escatima y manipula al electorado del otrora partido del pueblo, porque: “Cercano está el momento en que veremos si el pueblo manda, si el pueblo ordena, si el pueblo es el pueblo y no una multitud anónima de siervos … Nos hallamos apenas en el período inicial de toda revolución: la emoción. Por eso no somos revolucionarios sino simplemente rebeldes, es decir inconformes”, como lo dijo Gaitán hace siete décadas en un pensamiento con plena vigencia.

 

Cartagena de Indias, tres de diciembre de dos mil diecisiete.

Por Armando Palau Aldana
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