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Tributo satelital a Héctor Lavoe en Otraparte

La música cuando solo se es­cucha por entretenimiento, no significa casi nada. Por tales motivos trascendentales, los colectivos Satélite Sursystem y Bunka Radio invitan a la ciudadanía caleña a participar este 30 de noviembre en el espacio cultural Otraparte, en una radio experimental en vivo con el programa “ Cuerpo Sonoro”, un sentido homenaje vaguemio al sonero de  nuestra cosa latina, desde las posibilidades del trabajo colaborativo y con invitados melómanos como Guataka , Juanito Funky y la escritora Malicia Enjundia.

Con esta actividad culmina el ciclo de audiciones satelitales, que el colectivo produjo durante 10 meses para acompañar su proyecto editorial centrado en el espíritu latino llamado salsa, y cuyo texto dedicado a Héctor Lavoe desde la óptica zudacallejera, y publicado recientemente  en el vol 3 del impreso,  compartimos a la comunidad macondiana.

A mediados del siglo XX, en las arterias ur­banas de New York, emergió un renovador lenguaje callejero y sonoro, de raíces afro latinas y caribeñas: La Salsa. El espíritu revelador de nuestros ancestros, inspiró un poderoso cóctel cul­tural, que brotaba en cada esqui­na por la migración y la diáspo­ra de miles de personas hacia la megalópolis americana.

Los latinos, mestizos, negros y mulatos habitaban esas barria­das sucias y marginales, pero rítmicas, algunos conformaban peligrosas pandillas que se in­toxicaban en los delirantes pa­raísos de las drogas, y otros, des­empleados ocupaban el tiempo en hacer travesuras y asistir a los bailes en busca de una opor­tunidad. Entre ellos, el jibarito de Ponce, Hèctor Juan Pérez Martínez (1946-1993), cuya vida orgiástica y prolífica obra, alcanzan la inmortalidad con el nombre artístico de Héctor Lavoe; primero con la orques­ta “Fania All Stars“, y luego en solitario con distintos músicos, dejando como legado un can­cionero, donde habitan sus pen­samientos, opiniones, sueños y frustraciones, en un relato de vida marcado siempre por un sino trágico alrededor de su fa­milia, y un vacío existencial que lo acompañaba en el planeta trampa, pues nunca pudo cica­trizar heridas profundas, como la temprana muerte de su madre, luego su hermano, y también su hijo, y suegra, además de una conflictiva relación con su padre y su compañera sentimental: La Puchi.

Con el sentimiento honesto de su voz, tan limpia en su nasali­dad natural, cautivó el corazón del barrio salsero a finales de la década de los 60s, en cientos de canciones que traducen las ale­grías y tristezas, de las nacien­tes ciudades del Caribe. Willie Colòn (su amigo y músico), quien lo conoció en el Bronx, fue quizás quien mejor lo retra­tó: “Graduado en la Universidad del Refraneo con altos honores. Miembro del Gran Circulo de los Soneros, poeta de la calle, maleante honorario, héroe y mártir de las guerras cuchifrite­ras donde batalló valientemente por muchísimos años. Los ‘capi­tanes de la Mandinga’ lo respe­taban. Por eso lo bautizaron ‘El Cantante de Los Cantantes’. Los ‘beginers’ le temían. Cuando se trataba de labia, Héctor Lavoe era bravo. En cuestiones de ne­gocio, amor y amistad, no lo era. El pueblo fue cómplice de esta tragedia. Héctor le podía mentar la madre a todo el mundo y el público se reía. Lo malcriaron “:

El hijo humilde de Panchita, la que cantaba en los entierros y de Luís, el que amansaba las guita­rras, con su impecable fraseo fue el cronista vagabundo del dark side en el lumpen callejero, de cualquier ciudad dibujada, en este convulsionado y delirante mapa de la Babylonia globali­zada, donde hay tantos juanitos alimañas como políticos y em­presarios corruptos, y donde todo tiene su final, en la calle luna calle sol de nuestra Améri­ca Latina.

En las venas urbanas de Cali, fue adorado con devoción, y vivió durante 6 meses entre, 1982 y 1983, como cantante de planta en la discoteca Juan Pachanga, en Juanchito. “Lo trajo el empre­sario Larry Landa, para que se rehabilitara de su adicción a las drogas, pero aquí estaba la mata “, me cuenta el escritor Umberto Valverde, quien fue uno de sus amigos, en esas noches eternas, de vagancia, bohemia y acade­mia, con músicos como el violi­nista Alfredo de la Fe, confidente y cable a tierra en la Calicalentu­ra, del rey de la puntualidad.

En el imaginario popular caleño se tejen muchas anécdotas e his­torias, sobre la estadía de Lavoe, en el piso 15 del Hotel Aristi, en pleno centro, sus agresivas peleas con Larry Landa, al que estuvo a punto de incendiarle su auto, luego de un altercado. Sus presentaciones nocturnas en calzoncillos, un intento de sui­cidio, paseos por barrios popu­lares como El Obrero y Alfonso López, el asedio de las mujeres, configuran una mitología, que se nutre también de presentaciones fantásticas en el puerto de Bue­naventura.

Evocar al hijo nativo de Borin­quén, es activar nuestra memo­ria sensitiva y carnavalesca, la de los cueros festivos, que se co­munican con los orishas mien­tras tiramos paso, en el tiempo sublime del guateque pesado, la plena, el son montuno, la gua­jira, la bomba, el danzón, el bo­lero, y toda la cosmogonía de la melodía brava, de una cofradía delirante en el Spanish Harlem, Brooklyn, y el South Bronx; que difuminaron sus canciones por todo el mundo, convirtiéndolo en un famoso cantante, ícono, leyenda y mito de la periferia.

Uno de sus biógrafos, el perio­dista puertorriqueño Jaime To­rres Torres, en el libro “Toda ca­beza es un mundo“, publicado en el 2003, afirmaba que “la come­dia de Héctor Lavoe se enmarcó en el escenario de la vida real con la ayuda desinteresada de decenas de extras que se vistie­ron como èl, o que simplemente satirizaron su personalidad ar­tística de payaso y bufón, que, aunque muriéndose por dentro, endulzó la tristeza y el dolor aje­nos “.

Hace 24 años, el hombre que respiraba debajo del agua, fue sepultado en New York, en un carnaval funebrero de fanáticos que lo vieron cantar, drogarse y contaminarse de SIDA y rabia, con la soledad fagocitante e hi­pocresía mercantilista que pulu­la en la industria del espectáculo musical, pero su espíritu jocoso y contagioso sentido del humor, sigue siendo el puente entre el pasado y el futuro de nuestra cultura popular, reivindican­do a los barrios pobres de toda América, que lo siguen lloran­do y bailando, en el pentagrama de esta tragicomedia conocida como la vida, pues como bien sentencia la tombola del destino cualquier cosa te puede suceder en la lleca.

¡Oye Hèctor, vamo a reír un poco!, con tu música que vive en nuestra sangre, memoria y pue­blo. Las carcajadas tiernas sobre el asfalto. No te enterramos, te sembramos en el barrio. Tus in­mortales canciones son mantras pa enfrentar el mundo, enarbo­lando las banderas salseras de LA VAGUEMIA.

 

 

Por Colectivo Satélite Sursystem
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