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De la hegemonía absoluta, al caos democrático de tener 51 candidatos presidenciales para el 2018

Desde el 07 de agosto del 2010, cuando J M Santos asumió la presidencia de Colombia, e insinuó , simplemente insinuó, que la llave de la paz no estaba en el fondo del mar, y esto se interpretó como una “posibilidad” de dialogar y llegar a acuerdos con las guerrillas de Farc-EP;  surgió el enfrentamiento entre los dos capitostes que ese momento dirigían la Hegemonía y la Coerción, es decir el Estado ( Gramsci) y el Bloque de Poder Contrainsurgente dominante en Colombia: Uribe Vélez presidente saliente, y J M Santos presidente entrante.

El Estado en su totalidad, como lo anota Walter Mendoza, el ex comandante del bloque Occidental Alfonso Cano de las Farc-EP (Las 2 orillas.co 24.11.2017), actuaba “como un relojito”, en la implementación y ejecución de su estrategia Integral contrainsurgente a nivel nacional. No había fisuras, ni escisiones, dentro de la maquina Estatal. La tuerca que resultara floja rápidamente era apretada. Hegemonía absoluta y Coerción “integral”.

La diferencia de opiniones de estos dos capitostes, en torno a la derrota de las guerrillas de las Farc-Ep, que a pesar de los golpes recibidos había superado intacta, el gigantesco y ruinoso plan militar colombo- estadounidense del gobierno saliente de Uribe Vélez. Junto con la denuncia hecha el 27 de mayo de 2010 por Philip Alston, relator especial de la ONU para las ejecuciones arbitrarias y extrajudiciales; que fue elaborada tras su visita a Colombia en junio de 2009 y se basó sobre el degradado comportamiento de la Fuerza Pública en el repulsivo e inhumano crimen de guerra de los FALSOS POSITIVOS, que se venían denunciando desde el 2008, cuando se ejecutaron los jóvenes de Soacha y ciudad Bolívar.

A lo anterior, vinieron a sumarse las denuncias y la presión de innumerables organizaciones humanitarias internacionales, que como HRW, afirmó claramente la imposibilidad de que un ejército así, como el colombiano, pudiera ganar una guerra contrainsurgente como la que se estaba llevando a cabo en el territorio colombiano: Análisis corroborado por diferentes “asesores” en inteligencia y seguridad estratégica nacionales y extranjeros, uno de ellos el destacado  e influyente diplomático israelí Schlomo Ben Ami, quienes apretando los labios y moviendo la cabeza dijeron No se puede ganar una guerra así; llevaron al presidente entrante Santos (quien como ministro de defensa del gobierno Uribe estuvo enterado y conoció los detalles de este horroroso crimen de guerra) a que tomara la “difícil decisión” de avanzar y llegar a un acuerdo de paz con la guerrilla de las Farc-EP, lo cual fue anunciado en agosto del 2012.

A partir de este anuncio, Uribe Vélez, con toda razón, se sintió que había quedado expuesto y sin “la protección” ni la garantía de impunidad oficial eterna que espera tener por ser el “jefe natural” de dicha Hegemonía. Escrito de otro modo, a merced de las ONGs nacionales e internacionales defensoras de los Derechos Humanos, que lo irían a responsabilizar a través de la cadena de mando de semejante atrocidad de guerra; la peor ocurrida en todos los tiempos en el hemisferio occidental.

Sintiéndose “traicionado”, inició la denuncia de su ministro de defensa Santos como “traidor”, y arreció sus calumnias mediáticas y persecuciones fácticas contra los defensores de los Derechos Humanos. Es decir, simplemente bastó anunciar los diálogos y la posibilidad de llegar a acuerdos de paz con las guerrillas de las Farc-Ep,  para que se rompiera de manera irreversible el “consenso” y la unanimidad contrainsurgente que traía hasta entonces el Bloque de Poder oligárquico dominante.

La rivalidad y el enfrentamiento se enconaron cuando Santos, no pudiendo “fingir” más, como jefe del Estado, empezó a tomar decisiones económicas que favorecieron al sector financiero de la gran burguesía bogotana de la cual era su más conspicuo representante, programa que presentó como la famosa “Locomotora minero-energética, las cuantiosas inversiones en la infraestructura vial y en la altillanura”. Los terratenientes y narco latifundistas favorecidos con el despojo militar de 6 millones de hectáreas de tierra y cuantiosas y corruptas inversiones oficiales como el famoso “agro-ingreso-seguro de Uribe Two” (Uribito) hechas durante el gobierno saliente, sintiéndose relegados, cerraron filas en torno a su benefactor y le ofrecieron su irrestricto y total respaldo.

A partir de entonces la pugna y la rivalidad entre los dos capitostes hegemónicos se agrandó y profundizó. Cada avance en los diálogos y en los Acuerdos en la Habana eran replicados con “acerbía” y mayor ruindad por quienes se sentían traicionados por el nuevo presidente, hasta crear una atmosfera totalmente adversa al Acuerdo de paz entre el Estado y las guerrillas de las Farc-EP.

Innumerables errores, comunicacionales y educativos, vacilaciones de todo tipo, indecisiones y debilidades. Innecesarias concesiones presupuestarias y compra de momentáneas adhesiones políticas (mermelada), así como el error monumental de convocar un redundante “plebiscito” para refrendar el Acuerdo final de la Habana, que fue derrotado electoralmente por una coalición regresiva y fanática religiosa; dieron finalmente la ventaja político-ideológica a la fracción de la oligarquía contrainsurgente liderada por Uribe Vélez, poniendo a su rival Santos en evidente desventaja.

La debilidad y  pérdida del liderazgo presidencial con su obvio desgaste; magnificada por los escándalos de corrupción como el de Odebrecht que implicó al propio presidente, se hizo evidente para todos, lo que llevó a que aparecieran en el escenario un sinnúmero de “remplazos” (de todo tipo)  a la figura presidencial, al extremo de que para las próximas elecciones presidenciales del 2018, hay inscritos y registrados con sus respectivos  programas de gobierno, 51 candidatos presidenciales, incluido el de la Fuerza del Común-FARC, Rodrigo Londoño.

Si nos atenemos al análisis electoral factico, pero superficial, hecho por Uribe Vélez y su grupo; se han conformado tres bloques políticos cuyas posibles combinaciones, confluencias, alianzas, convergencias y uniones, pueden pasar a una segunda vuelta electoral y con posibilidades de triunfo en el 2018. Esta es la matriz mediática que ya se ha empezado a moler y desde luego, a imponer en la falsimedia adicta al régimen.

1- Un bloque Castro-Chavista “moderado”.

2-Un bloque Castro-Chavista “radical”

3- Un bloque “centro democrático” organizado por la alianza Uribe -Pastrana-Ordoñez- Iglesias cristianas, al que posiblemente se le sume el aliado de Santos y su ex vicepresidente, Vargas Lleras.

Pero ¿qué hay debajo de este entablado?

Cuatro fenómenos igual de deletéreos:

1- Una profunda crisis económica, social y sobre todo FISCAL, que en lugar de haberse resuelto sigue profundizándose, y es la causa “eficiente” de que el Estado colombiano en su conjunto no tenga recursos (económicos me refiero) para implementar el Acuerdo firmado con las guerrillas de las Farc-EP.

2- Paralela a la quiebra estatal, subyace una quiebra MORAL y de Putrefacción,  de toda (sin excepciones) la clase dirigente y dominante que se ha puesto en evidencia nacional e internacionalmente, con los ESCÁNDALOS DE CORRUPCIÓN COTIDIANOS y que implica a la mayoría de Instituciones estatales o por lo menos las más representativas de su Hegemonía y Coerción: Cortes, Fiscalía, Justicia ordinaria, Senado, Cámara, ministros, vice presidentes, gobernadores, alcaldes de grandes ciudades, partidos políticos, tanto los tradicionales como los de garaje, y clase política en general, etc.

3-Una incapacidad programada de parte del Estado, en su totalidad, para cumplir los compromisos, o para lo que se ha dado en llamar LA IMPLEMENTACIÓN del Acuerdo de paz con las Farc-EP, y para desarrollar el programa socioeconómico denominado POST CONFLICTO.

4- Una presión insoportable de orden GEO-ESTRATEGICO, ejercida por el gobierno de EEUU sobre la dirigencia (dominancia) del Estado colombiano, en dos aspectos, que como lo ha dicho el presidente Trump son amenazas para la seguridad de los EEUU: Uno, el asunto del NARCOTRÁFICO colombiano que se ha imbricado definitivamente con los carteles del narcotráfico mexicano. Y otro, el llamado asunto VENEZOLANO y el CASTRO -CHAVISMO, prioritarios de resolver para el ejecutivo estadounidense.

Así las cosas, puede uno entender o por lo menos hacer inteligible, el CAOS DEMOCRÁTICO que significa el brote (como si fueran champiñones de otoño) de 51 candidatos presidenciales para las elecciones del 2018 en Colombia, y la cantidad de valoraciones y opiniones que sobre cada uno de ellos se vierten diariamente en la falsimedia del régimen.

 

Por Albero Pinzón Sánchez
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