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El pantanoso camino a la paz en Colombia

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Tras la firma del acuerdo de paz en Colombia, la comunidad internacional y sobre todo la sociedad colombiana sintieron que se llegaba al fin de un conflicto armado que desangró durante más de 50 años a esa nación sudamericana.

El presidente de Colombia Juan Manuel Santos y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia-Ejército del Pueblo (FARC-EP), firmaron el 24 de noviembre de 2016 el Acuerdo para la Terminación Definitiva del Conflicto en Bogotá, para poner fin a medio siglo de conflicto.

Sin embargo, el camino hacia la paz es un proceso lento y fangoso como los terrenos que hoy ocupan los diferentes Bloques de la guerrilla en las Zonas Veredales Transitorias de Normalización (ZVPTN) y los 6 campamentos repartidos por el territorio colombiano.

Cuando se acallaron los fusiles y los combatientes abandonaron la protección de la selva y la serranía, un nuevo horizonte se abría para ellos. La bienvenida a la nueva situación no fue demasiado auspiciosa, ya que la mayoría de las construcciones comprometidas por el Estado brillaban por su ausencia o en lento proceso de realización. Entonces los guerrilleros dejaron las armas a un costado y organizaron brigadas de construcción para avanzar en las viviendas y servicios básicos y así establecerse en condiciones un poco más dignas.

En la ZVPTN “Heiler Mosquera” ubicada en el municipio de Puerto Asís Departamento del Putumayo, a unos 40 kilómetros de la frontera con Ecuador, se establecieron medio millar de guerrilleros del Bloque Sur de las FARC-EP y el cuadro que encontraron fue el mismo: casas sin puertas ni ventanas, baños instalados en un 30% y un lodazal casi imposible de transitar cuando caen las copiosas lluvias amazónicas.

“Aquí el terreno es llano de clima caliente tropical muy lluvioso, más o menos 2500 mm de agua anual, la selva que pervive es probablemente el 40 % del total de las tierras, el resto fue talado para pastos y coca. Si se tiene en cuenta que hace 10 años atrás era pura selva, es desolador”, describe a este cornista un guerrillero que aún mantiene activo su mecanismo de supervivencia y prefiere el anonimato.

Mientras un centenar de ellos se dedican a levantar las instalaciones, el resto divide su tiempo en aprender oficios, hacer guardias, tareas de logística y estudiar diversas materias y carreras.

Nos levantamos a muy tempranas horas de la mañana, como es habitual en la vida guerrillera”, explica la guerrillera Viviana Duarte a este cronista. “Lo único inusual es una planta eléctrica ensordecedora, de ruido estresante, pero es la que nos abastece de energía eléctrica para el funcionamiento de las diferentes máquinas y herramientas” y agrega “en estos momentos la tarea fundamental es construir las casas prefabricadas para estar cómodamente y también se vienen desarrollando diferentes cursos como periodismo, diseño gráfico, panadería, enfermería, algunos brindados por el Estado y otros como iniciativa guerrillera, como temas de trabajo organizativos, por ejemplo: familiares de guerrilleros, entidades del gobierno y organizaciones sociales que quieren aportarles a la construcción de la Paz”, dice Viviana y la firmeza de sus palabras no permiten dudar de la convicción con la que encara esta nueva etapa.

La mayoría son jóvenes que ingresaron a la lucha armada cuando asomaban a la adolescencia, por motivos muy parecidos casi todos pero con realidades y expectativas muy distintas hacia el futuro que la pacificación pone frente a ellos.

Analistas y autoridades militares suelen coincidir en que las FARC-EP están integradas por unos 6000 hombres y mujeres, estas últimas ocupan el 44% de la tropa.

Desde el exterior cualquiera creería que las mujeres farianas tienen un doble esfuerzo por el componente machista de los pueblos latinoamericanos, sobre todo en la región del Caribe. Nunca tan lejos se está de ver confirmada esa visión. De hecho fue la posición de las delegadas que participaron en la discusión de los acuerdos en La Habana, quienes lograron incluir el enfoque de género en los mismos.

“En las FARC-EP siempre ha existido la igualdad de condiciones, son deberes y derechos de los guerrilleros”, despeja las dudas Viviana, quien tuvo bajo su mando una escuadra integrada por ambos sexos, y cuando se le señala que aún detrás de las armas y uniformes es llamativa la manera en que ella y sus compañeras reflejan el toque de coquetería femenina, arregladas y maquilladas, aclara: “Aunque la guerra ha sido dura nunca hemos perdido ese toque femenino”, una respuesta que por sencilla no deja espacio para buscar otras razones.

Algunas historias de miembros de las FARC-EP, sobre todo mujeres, están precedidas de un contexto de miseria, violencia o abuso, pero el de Viviana es bien distinto. Abandonó Florencia, capital del sureño Departamento de Caquetá, e ingresó porque “quería vivir un mundo distinto, al del estudio y el de vivir en una ciudad. Quería vivir qué era la guerra”.

Pasó una década y media combatiendo en la selva, la montaña, pero apenas sí pisa los 30 años y ahora tiene un nuevo desafío.

¿De qué manera te preparas para una vida en paz?

En el transcurso de mi vida guerrillera en la selva, aprendí primero a ser persona, a valorar a los demás, compartir y ayudar a la gente, creo que esto me servirá para colaborar a construir una vida en paz. Por otra parte amo la comunicación social y precisamente en estos momentos me estoy formando como periodista.

Hoy reemplaza las balas con la computadora o la cámara para registrar la vida cotidiana en el campamento, mientras se alista para el porvenir sin dejar de sonreír mientras responde cuestiones más urgentes como la tragedia de Mocoa (a 3 horas de distancia de su ZVPTN), en donde los miembros de las FARC-EP dieron muestras de solidaridad inmediata hacia las víctimas.

“Desde el primer momento en que nos dimos cuenta de la tragedia de Mocoa, extendimos nuestra voz de solidaridad, nos pusimos a disposición del pueblo putumayense para ayudar en el rescate y la reconstrucción, siempre y cuando el gobierno nos permita salir de las Zonas Veredales pero hasta ahora no hemos tenido respuesta alguna.”, asegura y se le adivina molesta con esa actitud

Acciones que la prensa no reflejó.

“Sobre los medios de comunicación”, analiza, “creemos que hay algunos todavía que no entienden este momento histórico que vive el país y son aquellos que defienden intereses económicos muy lucrativos, no les interesa mostrar a las FARC como gente que se solidariza con las víctimas. Eso sería exponer la verdadera realidad del movimiento guerrillero.”

Viviana Duarte encara esta actual posibilidad de una paz estable y duradera para Colombia, con el ímpetu que le da su formación de vida en condiciones difíciles y el empeño que le marca la voluntad de superarse, aplica la disciplina guerrillera en el estudio con anhelos concretos sin abandonar el compromiso que la llevó a la floresta colombiana.

“Como vamos hacer parte de un movimiento político estamos prestos a las tareas y misiones que nos asigne el Partido, pero en mi vida personal quisiera ser una gran directora de cine y televisión y no solamente dirigir, si no aportar mis conocimientos a personas que quieran aprender del tema”, declara sin dudar los objetivos.

Cuando se le interroga, con la lógica mundana, sobre la posibilidad de formar una familia y traer niños al mundo, contesta rotunda: “Lo que quiero es estudiar. Y algún día ser útil para mi pueblo también”

Una compañera tuya, Sarah Luna Nariño, que está en la Vereda de La Macarena, compartió su definición sobre el rol que tendrán las guerrilleras en vida civil: “No cambiaremos el fusil por la escoba”

“Mis anhelos no son otros, te lo aseguro”, coincide Viviana y echa hacia atrás su larguísima cabellera para inclinarse nuevamente sobre el teclado y acabar de editar el video que narra la vida de sus compañeros con heridas y mutilaciones de una guerra que quieren dejar atrás.

Escrito por Diego M. Vidal
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