La sangre que recuperó la tierra de los Nasa

Publicado el 26 de febrero de 2014 en la categoría: Destacado
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En cuarenta años, los indígenas del norte del Cauca han resistido el conflicto para hacer valer su derecho a su territorio y a vivir en paz en él. En esta brega, campesinos, religiosos y miembros de la comunidad han sido asesinados. Ahora, ante los diálogos de La Habana, invitan a conversar para saber cómo compartir la tierra para vivir tranquilos.

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Cinco mil indígenas han sido asesinados en el norte del Cauca en el proceso de recuperación y reconocimiento de su territorio. Foto: VerdadAbierta.com.“En los años setenta, éramos seis cabildos con 200 hectáreas; hoy somos 122 cabildos con 570 mil hectáreas”, dijo Feliciano Valencia, líder y vocero de las Asociación de Cabildos Indígenas del Norte del Cauca (Acin), en entrevista con los reporteros de VerdadAbierta.com, medio que recorrió varios municipios del Cauca por una semana para reconstruir los perfiles de sus más connotados líderes de la brega por la restitución de tierras. (Vea mapa de los territorios Nasa)

Pero cuando se pregunta eso entre los indígenas del Cauca, ellos responden que no hay una o unas pocas personas; es toda la comunidad la que llevan lidiando, desde los tiempos de la Conquista, porque les reconozcan sus territorios colectivos; su derecho a vivir en la tierra de sus mayores. Trayendo la historia a los tiempos actuales, Valencia dice que según sus cuentas, han caído asesinados cinco mil de los suyos, entre autoridades, comuneros, religiosos y campesinos, en los últimos 40 años. La cifra de víctimas es mayúscula: un promedio de un muerto cada tres días durante cuatro décadas. Un desangre que sólo resisten por la entereza de sus valores.

Es este gran sacrificio que hicieron todos ellos lo que ha hecho posible recuperar, legalmente y con títulos, medio millón de hectáreas para las comunidades nativas del Cauca.

Por eso la historia de cómo han hecho valer sus derechos sobre la tierra, es en realidad su historia misma; sin la  madre tierra no serían nada. Solamente tomando lo más reciente, pasaron veinte años de derrotas y pequeños triunfos, y muchos  líderes muertos, desde que tomaron la decisión de organizarse y trazarse la meta de largo plazo de recuperar sus territorios (ver El Costo de Organizarse (1971-1991), hasta que consiguieron que la Constitución les reconociera explícitamente, a ellos y las demás comunidades indígenas, el derecho a sus territorios ancestrales.

Kwe’sx Kiwe Wala (Nuestra tierra grande)
“Pero inauguramos Constitución con una masacre, la del 16 de diciembre de 1991, que fue conocida como El Nilo”, dice Valencia.

Los indígenas se habían propuesto continuar con el proceso de los años 70 y en Caloto buscaron recuperar por lo menos 500 hectáreas de la Hacienda El Nilo, en Caloto. Ese 16 de diciembre, cuando se suponía tendrían una cita con los dueños que reclamaban la propiedad, 20 indígenas fueron asesinados a balazos. La masacre llevó a miles de indígenas a movilizarse hasta la hacienda y a ocuparla pacíficamente.

Sobre los responsables de la masacre, hay varias versiones. Una, que fue cometida por civiles armados con la complicidad de miembros de la policía de Santander de Quilichao. El caso pasó por distintos despachos judiciales, condenando cuatro años más tarde a tres de los civiles quienes se acogieron a sentencia anticipada. En 1999, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (Cidh) concluyó que el Estado Colombiano había sido responsable de la tragedia de El Nilo.

En Justicia y Paz, Orlando Villa Zapata alias ‘Rubén’, desmovilizado del Bloque Vencedores de Arauca de las Auc, juró que la masacre no fue planeada con la complicidad de la fuerza pública sino ordenada por grupo de ganaderos que solicitaron el apoyo de Fidel Castaño, quien para la época ya era conocido en Córdoba por armar grupos paramilitares. Formaron un grupo paramilitar y a las ocho de la noche dispararon sin piedad contra los indígenas (Lea: La masacre del Nilo).

Tras la masacre, los indígenas exigieron al gobierno un proceso de reparación y el Estado se comprometió a reconocerles 15 mil 663 hectáreas. “Pasaron veinte años. Las 15 mil hectáreas ya nos fueron entregadas, pero la comunidad está pendiente de la reparación integral, que haya un reconocimiento del daño que sufrimos”, explica Valencia.

Pese a los acuerdos, el asesinato contra líderes continuó. El abogado Óscar Elías López, asesor jurídico del Cric, quien representaba a las víctimas de la masacre de El Nilo o Caloto, fue asesinado el 30 de mayo de 1992 por sicarios cuando se dirigía a su casa en Santander de Quilichao. Esa semana López había renunciado a su cargo como asesor tras recibir varias amenazas.

En cuarenta años, la recuperación de tierras había sido amenazada primero por ‘los pájaros’, por las Farc, luego los hacendados y en el año 2000, se sumaron los paramilitares.  En mayo de ese año, los hermanos Carlos y Vicente Castaño enviaron un grupo que entró por el Valle y luego se propagó por 21 de los 42 municipios del Cauca haciéndose llamar Frente Farallones del Bloque Calima, a cargo de Hébert Veloza alias ‘H.H.’ “Esta fue una etapa trágica, en el año 2000 los paramilitares nos asesinaron a 50 comuneros”, dice Feliciano Valencia.

Después vinieron las masacres. En abril de 2001, en Semana Santa, 120 paramilitares del Bloque Calima asesinaron a decenas de indígenas y afrodescendientes en El Naya, una región limítrofe entre el Cauca y el Valle. Mientras la Unidad de Justicia y Paz de la Fiscalía ha identificado a 27 víctimas, las comunidades estiman que el número de muertos ascendió a los 100 pues muchos de los cuerpos fueron arrojados al río Naya o lanzados por abismos.

Sobre los motivos de la masacre hay varias versiones. Una que fue una retaliación de los paramilitares tras el secuestro de 30 personas realizado por el Eln en septiembre de 2000; otra, que el Bloque Calima quería quitarle a las Farc la ruta al Pacífico para el tráfico de cocaína.

Pero las comunidades indígenas y afros creen que su interés era el control del territorio de su riqueza, pues se cree que además de las fuentes de agua y de madera, en El Naya hay oro, carbón y coltán. “Nos iban a desaparecer como comunidad”, cuenta Jaime Díaz, líder indígena de Toribío. Decididos a pronunciarse, 35 mil indígenas se movilizaron entre el 14 y el 18 de mayo de 2001 desde Santander de Quilichao hacia Cali en la Gran Minga por la Vida y Contra la Violencia.

Los indígenas se congregaron en la Plaza de San Francisco frente a la Gobernación del Valle, manifestando su preocupación. Pero esta no cesó. Cristóbal Secue, ex presidente del Cric y quien investigaba sobre los responsables de los distintos delitos cometidos por actores armados en los resguardos, fue asesinado por el Frente 6 de las Farc el 25 de junio de 2001.

Guerrilleros y paramilitares siguieron disputándose las tierras que reclamaban los indígenas. El 18 de noviembre de 2001 el Bloque Calima asesinó a 14 indígenas y campesinos en la zona rural de Corinto cuando se movilizaban en una chiva. Casi un año después, esta vez, las Farc asesinaron en el resguardo de Huellas, Caloto, a Aldemar Pinzón, juez indígena y líder de la Acin.

Mientras los indígenas se defendían del asedio de los actores armados, el gobierno no les cumplía con la titulación de las 15 mil hectáreas derivadas del Acuerdo de El Nilo. Feliciano Valencia cuenta que en 2005 retomaron el proceso de los años 70 y 90, pero no lo llamaron recuperación sino liberación de tierras. Es decir, por la vía de hecho entrar a las antiguas haciendas y lograr la titulación argumentando su pertenencia ancestral.

El 7 de septiembre de ese año entraron a la Hacienda La Emperatriz y el 12 de octubre a la Hacienda El Japio, ambas en Caloto. “También lo hicimos en 22 predios más en todo el departamento”, explica Valencia. En ambas haciendas hubo episodios de violencia cuando el Escuadrón Móvil Antidisturbios de la Policía llegó a desalojarlos. Durante los enfrentamientos, el 12 de noviembre de 2005, el indígena Belisario Camayo fue asesinado tras recibir un disparo en la cabeza. Los indígenas enterraron a Belisario como se siembra un árbol con la creencia de que él los ayudaría en el proceso de liberar y recuperar las tierras.

Los indígenas siguieron en el proceso. Los paramilitares del Calima se habían desmovilizado en diciembre de 2004 dejando no solo una estela de víctimas de las masacres sino otros 200 indígenas que fueron asesinados de forma selectiva entre 2000 y 2004, según documentó la Asociación de Cabildos del Norte del Cauca (Acin). Después de 16 años de la masacre de El Nilo y las constantes denuncias de la comunidad que no les habían cumplido con la titulación de las 15 mil hectáreas, el gobierno tomó una decisión pero generó otro tipo de violencia.

En 2007, el Ministerio del Interior compró el predio San Rafael, de 517 hectáreas, en Santander de Quilichao, y se lo entregó a los indígenas Nasa del Cabildo de Toribío como parte de los acuerdos de El Nilo. El hecho generó una confrontación con las comunidades afro de los consejos comunitarios de Mazamorrero, Brisas del Río Cauca y Cerro Tetas, quienes señalaron que el gobierno no podía darles estas tierras a los indígenas porque éste era un territorio ancestral afro. El conflicto entre las dos comunidades organizadas produjo en 2011 la muerte de dos indígenas.

Para evitar que la disputa se prolongara, las comunidades se sentaron en un espacio de diálogo llamado las mesas interétnicas y concluyeron que lo mejor era que el gobierno buscara un nuevo predio para titulárselos a los indígenas y devolverles el San Rafael a los afro. El gobierno compró un nuevo terreno y en diciembre de 2013 le entregó el predio El Barrancón, en el municipio de Buenos Aires, a los indígenas. Ahora los afro esperan que el 28 de febrero de 2014, como se los prometieron, les titulen el San Rafael.

Wët wët fxizenxi (convivir en alegría)
“Qué no digan que es que a los indígenas nos han dado mucha tierra. Somos herederos y hemos hecho una recuperación de nuestro territorio que nos ha costado muchas vidas”, dice el líder indígena Gilberto Yafué, explicando que las comunidades indígenas tras ser desplazadas a las zonas de montaña han sido clave en la conservación de zonas de páramos, humedales y de los ríos Cauca, Patía y Magdalena, tres importantes fuentes de abastecimiento de agua.

Los líderes indígenas coinciden en que el diálogo ha sido la mejor herramienta para llegar a acuerdos y convivir en paz en el mismo territorio. Feliciano Valencia dice que del proceso de recuperación de tierras y de los acuerdos derivados de El Nilo, han logrado por un lado la titulación de las 15 mil hectáreas y que el gobierno emita dos decretos que reconocen uno, la constitución de territorios ancestrales en todo el país y otro, la constitución de sistemas autónomos de salud, educación y gobierno. “Estamos conversando sobre un modelo económico y productivo”, dice.

Según Feliciano, entre el 23 y el 25 de febrero de 2014 en La María, en Piendamó, el Cric debatirá una propuesta sobre los temas de tierra, territorio, gobierno y autonomía pensando en el posconflicto. Lo mismo hará la Acin en un encuentro que realizarán en junio. “La idea es apostarle a los diálogos humanitarios, a pensar cómo vamos a compartir el territorio. Después del proceso de paz en La Habana (Cuba), qué va a pasar con la guerrilla si se  desarma, qué va a suceder con los cocaleros y cómo desmontan eso; y tendremos que conversar con organizaciones afro y campesinas en términos territoriales”, explica el líder indígena.

De la recuperación de tierras impulsada durante las últimas cuatro décadas, los indígenas esperan la entrega de La Emperatriz, el Japio y un predio en Corinto, que solicitaron en titulación. También El Credo, de 168 hectáreas, el primer predio al que entraron en los años 70 en Caloto.

El 13 de febrero de 2014 por lo menos unos 800 indígenas de 21 cabildos caminaron desde distintos municipios del norte del Cauca hacia Tacueyó, en Toribío, para participar de una Minga Territorial por la Vida y la Paz. Mayores y consejeros de los distintos cabildos expresaron su preocupación por la situación de derechos humanos en la región y propusieron que con urgencia se deben buscar soluciones al conflicto y a los cultivos ilícitos.

“En el Cauca, los indígenas concluimos que hay que crear confianza. Todo el mundo desconfía del otro y la idea es conversar y mirar que todos estamos pensando en algo común, que en el fondo es vivir tranquilos. En cincuenta años de guerra, aprendimos a vivir para la guerra, pero ahora hay  que pensar cómo vamos a vivir en tiempos de paz”, dice Feliciano.

* Frases en nasa-yuwe, lengua de los pueblos indígenas del norte de Cauca.

Fuente : Verdad Abierta

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